Manuel Grandío Rojo (1920–1979): el bandurrista que hizo de la púa un acto de fe
Introducción
En el universo de las cuerdas pulsadas en España hay nombres que no solo tocan: dictan escuela. Uno de ellos es Manuel Grandío Rojo (también referido en fuentes como Manuel Grandío Arcis), figura capital de la bandurria del siglo XX. Concertista, arreglista, pedagogo, animador infatigable de rondallas y orquestas de plectro, su legado atraviesa generaciones y sigue latiendo en las atriles de medio país. Aquí va una revisión intensiva —y con swing de púa— de su vida musical, su familia musical y sus agrupaciones más relevantes.
Infancia entre giras y bandurrias
Manuel nació el 28 de julio de 1920, durante una gira artística de sus padres por las Antillas. Aquellos padres —integrantes del quinteto Grandío-Alameda— sembraron muy pronto el terreno: a la temprana muerte de ambos, fueron los tíos quienes lo formaron musicalmente e iniciaron su vínculo indeleble con la bandurria. Su juventud transcurrió haciendo kilómetros y tablas por cafés, cines y teatros de toda España: Café Salmantina, Comercial, Victoria, Magallanes, Atocha, Royal; Cines Novedades, Embajadores, Metropolitano, Monumental Cinema, Avenida, Doré; Teatros La Comedia, Muñoz Seca, Fuencarral, Chueca y Círculo de Bellas Artes. Hasta pisó escenarios como la Plaza Monumental y el Circo Price, y participó en las películas Luis Candelas y La casa de la Troya. Si la bandurria hablara, pediría plus por horas.
La “Ibérica”: escuela, escaparate y trampolín
Tras la Guerra Civil, Grandío siguió estudiando sin tregua y entró en la histórica Orquesta Ibérica de Germán Lago, donde llegó a ser concertino por su facilidad de ejecución y dominio técnico. Ese paso por la Ibérica no solo le dio visibilidad: lo convirtió en referencia para toda una generación que soñaba con profesionalizar los instrumentos de púa. Cuando la Ibérica se disolvió, Grandío se obsesionó (sanamente) con crear una orquesta a su imagen: una agrupación de alto nivel que demostrase que con bandurrias, laúdes y guitarras también se podía hacer “gran repertorio”. Spoiler: lo consiguió más de una vez.
Empresario musical y “motor” de rondallas
La visión de Grandío no se limitó al escenario. En 1954 asumió la rondalla del Parque de Precisión de Artillería mientras abría una guitarrería en la calle Almansa (Madrid) bajo el rótulo “Gigran”. En 1957 dirigía la Rondalla Santa Bárbara y la del Grupo Financiero Fierro, y poco después la del Instituto Nacional de Industria. En 1961 fusionó “supervivientes” de varias de esas rondallas y en 1963 atrajo a exmiembros de la desaparecida Ibérica; de esa constelación nacería la Orquesta de la Asociación Española de Pulso y Púa, que más tarde adoptó el nombre de Orquesta Gaspar Sanz. Cuando faltaban focos, Grandío ponía bombillas. Cuando faltaban partituras, él las adaptaba. Cuando faltaba público… lo convencía.
Cámara y virtuosismo: del Quinteto Tárrega al Dúo Grandío
Aunque su actividad orquestal fue enorme, Grandío también brilló en la música de cámara: destacó en el Quinteto Tárrega y en un dúo con su hijo Roberto Grandío que dejó críticas entusiastas —“volúmenes matizadísimos, rigor del tiempo y ritmo perfecto, conjunción y afinación exactas”, escribía la prensa—. Aquellos conciertos introdujeron a muchos oyentes internacionales en el sonido de la bandurria española —que, para más de uno, fue amor a primera púa—
Método, afinaciones y repertorio: el pedagogo
Grandío publicó un Método de Bandurria y adaptó un caudal notable de obras para las distintas formaciones en las que participaba. Entre colegas se recuerda su defensa de determinadas afinaciones (incluida la sexta en sol), ideas que aparecen citadas por especialistas y que buscaban ampliar el repertorio de la bandurria acercándolo con naturalidad a obras de mandolina y violín. El objetivo no era “ser como ellos”, sino tocar con ellos de tú a tú. (Y si el acorde de do en segunda inversión sale “dulce” y afinadito, tampoco nos vamos a quejar).
El espaldarazo internacional: Berlín y la “Olimpiada de la Púa”
Uno de sus grandes hitos llegó en Berlín, en la llamada Olimpiada de la Púa (Zupfmusik), donde el Dúo Grandío —junto a músicos riojanos como José Luis Rouret y Pedro Santolaya— dejó boquiabierta a la audiencia internacional (Japón, Francia, Austria, Alemania, Holanda…). La bandurria fue fotografiada, medida, palpada, como si todos hubieran descubierto un Stradivarius con acento madrileño. Aquella anécdota resume bien la misión de Grandío: dignificar el plectro español fuera de nuestras fronteras.
Familia musical: Roberto Grandío y la estirpe de la púa
Hablar de Manuel es hablar de Roberto Grandío (1951–1979): laudista, bandurrista, director y figura decisiva para la profesionalización del plectro en España. Con él, Manuel compartió escenarios, repertorios y una idea de excelencia innegociable. La relación padre-hijo trascendió lo doméstico: Roberto fundó la Orquesta de Laúdes Españoles “Roberto Grandío” y colaboró con luthieres como Andrés Martín de Diego; de hecho, en 1976 presentaron el laúd contrabajo como nueva extensión de la familia de laúdes españoles, debutando en el Teatro Real de Madrid. La estirpe Grandío no solo tocaba: inventaba instrumentos y maneras de hacer música.
Docencia y discípulos: una genealogía artística
La faceta pedagógica de Grandío ha dejado una huella medible: Pedro Chamorro —concertista de referencia— se formó con él en bandurria y fue doble ganador del Premio Nacional de Bandurria “Manuel Grandío” (1976 y 1977); hoy, ese mismo Chamorro (junto a Caridad Simón, Antonio Navarro, Julián Carriazo, etc.) es pilar de la moderna enseñanza de instrumentos de plectro en conservatorios y festivales. También pasaron por su órbita intérpretes que luego contribuirían a implantar titulaciones superiores y a crear cuartetos de bandurrias de alto nivel. Cuando hoy escuchamos un buen solo de bandurria en España, hay muchas probabilidades de que la sombra pedagógica de Grandío esté, de algún modo, detrás.
Discografía y registros: rastro sonoro
El rastro discográfico de Manuel Grandío aparece recogido en bases de datos especializadas —con menciones a su pertenencia a la Orquesta Ibérica, al Quinteto Tárrega y a diversas rondallas— y en repertorios donde figura como solista junto a orquestas de plectro dirigidas por su hijo. No es una discografía vasta en el sentido comercial actual, pero sí significativa: suficiente para captar su sonido incisivo, la limpieza del ataque, el legato expresivo y ese vibrato contenido tan propio de escuelas clásicas.
Últimos años, despedida y memoria
El 17 de abril de 1979, durante un ensayo de la Orquesta Gaspar Sanz con la Danza ritual del fuego de Falla, Manuel se desplomó; falleció tres días después. La tragedia fue aún más honda: Roberto murió cuatro días más tarde. Hoy ambos reposan en el cementerio de San Justo (Madrid) bajo una lápida con bandurria y batuta cruzadas —un símbolo perfecto de su vida compartida entre interpretación y dirección—. La comunidad del plectro recuerda cada año ese doble golpe como un antes y después.
Legado: orquestas, premios, revistas, festivales
No es casual que en el Festival Internacional de Plectro de La Rioja aparezca reiteradamente el nombre de Manuel Grandío, ya sea en biografías de artistas formados con él, en premios que llevan su nombre, o en programas donde su repertorio y criterio técnico siguen siendo referencia. La revista Alzapúa ha publicado estudios y testimonios —como “Manuel Grandío (1920–1979) visto por sus discípulos”— que contribuyen a fijar su figura en la historiografía del plectro español. En suma: su legado está vivo en escenarios, aulas y hemerotecas
Rasgos artísticos: qué hacía especial su bandurria
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Sonido: ataque claro y articulación nítida, con púa siempre al servicio del legato musical.
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Fraseo: cantabile “a la italiana” cuando el repertorio lo pedía, y rigor rítmico “a la española” cuando había que bailar.
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Técnica: dominio del trémolo como recurso expresivo, no como exhibición.
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Criterio: elección de afinaciones y digitaciones para abrir repertorios (del violín a la mandolina) sin forzar al instrumento a ser otra cosa.
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Arreglos: respeto estilístico y sentido escénico —los públicos salían con la idea de que la bandurria podía liderar tanto un dúo íntimo como toda una orquesta.
(¿El resumen en lenguaje coloquial? “Hacía fácil lo difícil y bonito lo imposible”.)
Una idea que nos queda: profesionalizar lo nuestro
Quizá su proclamación más citada sea la que recogía Segundo Pastor en El Alcázar (1974): el objetivo de Grandío era crear cátedras de bandurria, laúd y archilaúd en los conservatorios y una Orquesta Nacional de instrumentos de pulso y púa. Vista la consolidación actual —presencia en conservatorios, circuitos internacionales, estrenos dedicados por compositores como Leo Brouwer, y generaciones de intérpretes con titulación superior—, se puede decir que iba en la dirección correcta. Y empujó fuerte. Muy fuerte.
Cierre
Manuel Grandío Rojo no fue solo un gran bandurrista: fue un arquitecto cultural del plectro español del siglo XX. Desde los cafés de Madrid hasta la Zupfmusik de Berlín, desde la luthería de la calle Almansa hasta el Teatro Real, desde la Ibérica hasta la Gaspar Sanz, su trayectoria coloca a la bandurria donde debe estar: en el centro del escenario. Si hoy una nueva generación de intérpretes se gradúa, graba, gira por el mundo y llena auditorios con bandurrias, laúdes y archilaúdes, es en buena parte porque Manuel Grandío les pavimentó el camino con música, método y mucho oficio. Y sí: con una púa que todavía brilla.
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